Decidió ir a la izquierda. El orden parecía un refugio seguro para una mente racional.
Cuando el sol (que era una moneda de oro gigante) comenzó a ocultarse, Elara se dio cuenta de que sus botas de caucho ahora brillaban con un polvo plateado. Ya no era una extraña. Era parte de la narrativa, la nota a pie de página que hacía que todo el resto tuviera, mágicamente, un poco menos de sentido. Una novata en un cuento de hadas
—¿Y qué gano yo a cambio? —preguntó Elara, recuperando un poco de su instinto del mundo real. Decidió ir a la izquierda
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí. Ya no era una extraña
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.